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LA LUZ DEL TIEMPO

LA LUZ DEL TIEMPO


Luzdía cada vez que despertaba solía visitar el jardín y disfrutaba al ver las rosas que antes eran margaritas, hoy marchitadas por el clima del olvido; su faena una vez que terminaba de confesar su sueño a todas las especies del florido jardín era mirar fijamente el reloj de la vida, le encantaba jugar con las manecillas del reloj, con sus movimientos podía adornar y crear figuras que el universo debe estar celoso; a Luzdia le gustaba cantar, su voz melodiosa estaba acompañada por el trineo de los pájaros y las voces juveniles que a la distancia galanteaba sin poder llegar a ella. En el fondo del jardín estaban fijadas unas letras hechas con el color de las flores que decían “tenemos nuestra forma de vivir, nuestros labios se cierran cuando alguien nos habla”. Lo exótico era como romper los ritmos; la vida del jardín sin Luzdía se preserva y sólo para llegar a ella hay que vencer a unas manecillas que giran y giran sin detenerse, no admiten miradas siendo ellas las que anuncian el día y la noche.


Un día cualquiera Luzdía voló con su imaginación por encima del jardín y por cada espacio que recorría dejaba una esquela plasmada en el aire, en letras grandes que decía, “háblenme, yo soy del viento, mi jardín es cualquier espacio donde pueda volar”. Yo empecé a situarme al lado de las ideas de Luzdía que prendían fuego a mi imaginación hasta lograr descifrar su lenguaje y alimentarme del olor a néctar que destilaba su cuerpo, hasta llegar a saber que hacia poemas; contagiado reviví los míos y sólo el tiempo, aquel controlado por las manecillas, cambió hasta ver a Luzdía liberada, volando como gaviota mientras que yo reía de felicidad, aprendiendo que nunca es tarde para nacer; así fue pasando el tiempo, construía otra historia, yo le confesé a Luzdía que cuando me dio la oportunidad de traspasar sus fronteras y sus limites de mi andar, mi vida había empezado a sembrar semillas de creación y, entonces, apareció la fantasía y la ficción.


Los días eran brillantes, los sonidos estimulaban las ganas de vivir, todo fue surgiendo, se dio la sensación de que un meteoro nos había traído a este planeta; convencidos los dos, nos graduamos en ecologistas del amor, donde sólo Luzdía y yo llegamos a sustentar poseídos de naturaleza; así cada olor, cada color y cada vibración era la imagen de Luzdía y un sol que al final aparece, pero que al final intenta brillar en la faz de Luzdía, una y otra vez en la circunferencia del tiempo. El sol en su inmensidad no alcanza a Luzdía; pueda ser que el sol no perciba que Luzdía por tener luz propia no quiere que entre en su jardín.

HUCASME
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About hugo castillo

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