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EL FESTÍN DEL SIGLO



EL FESTÍN DEL SIGLO



La mañana de septiembre había despertado más temprano que nunca; ésta recogía el esfuerzo y la intención de hacernos  profesionales. Ese día marcado por el calendario y el reloj era también el de mi graduación. Como cosa curiosa, la policía me detuvo, ya con el smoking puesto. El día avanzó, se cerró la noche y no dejaron de surgir invitaciones a los festejos individuales o colectivos; ya no era septiembre, amanecía octubre, la emoción del nuevo día primero empezó a reinar por espiritualizar al resto de mis  compañeros con quienes nos comunicábamos a cada momento, como algo raro.

Fue así como los nuevos colegas nos pusimos de acuerdo y viajamos a La Heroica, a casa donde vivía Franklin,  quien amablemente nos había invitado a su grado, que también era el de nosotros. Ya posicionados empezamos a compartir, uno que otro traguito, festejábamos en tierra extraña; el ambiente se tornó diverso, éramos muchos y en nosotros predominaba el síndrome excesivo de la democracia cuando de deliberar se trataba, eso nos ponía a reflexionar que todas las decisiones se tomaban en combos. Nuestros corazones empezaron a respirar. Carmen, muy extrovertida, bastante aventajada para reagrupar e inventar cosas para bien o para mal, en medio del festejo de Franklin, en casa del mismo, nos convocó a todos a la reunión de la discordia y nos hablo de otro festejo por fuera de La Heroica amurallada. Carmen tenía la particularidad, por su jovialidad y alegría, de ganar adeptos y sin más preámbulo nos propuso irnos para Malagana, argumentando que “de allá es el compañero Leobardo, quien a pesar de sus defectos merece nuestra solidaridad por su gran esfuerzo; además, es un buen compañero, todos debemos recordar que era discriminado por uno que otro profesor con concepciones, xenofóbicas y racistas". Seguía añadiendo que nosotros no sabíamos de donde viene Leobardo, “¡Ustedes saben en serio lo que significa para Leobardo graduarse!, aunque sea del otro curso. De tal manera compañeros decidámonos así le estaríamos rindiendo un homenaje con nuestra presencia”.


No cesaron los segundos cuando Manuel y Octavio simultáneamente manifestaron: "eso es una locura". Yo observaba las posiciones de los compañeros y compañeras; pero el combo de los Cartageneros con Petra, Verónica, Diana y la misma Carmen y otros más  consideraron someter a votación tan delicada situación;  no obstante, algunos en tono alto dijeron: "Dejar a Franklin solo, nosotros que somos sus invitados especiales es algo descabellado, armar semejante  barullo para dejarle su casa medio vacía sin reconocer los perjuicios a su inversión, eso es de locos, verdad que no se justifica”. Todo lo que se decía en ese instante era a espalda del anfitrión, dado que Carmen según Leobardo nos garantizaba papayera, ron Tres Esquinas con coco, carne a la llanera, chicharrón con yuca,  picadas de queso y otras sorpresas más; algo así como una casa de hospedaje para los forasteros invitados asistida por una señora, quien estaría al alcance  de atendernos ante el cansancio después del festejo. A esto se sumaba el círculo social  que estaría acompañado por la presencia del decano de la Facultad de Educación y uno que otro catedrático quienes habían sido nuestros profesores.


El tiempo avanzaba, el reloj marcaba  las 10 P.M., al final  los resultados fueron apretados, donde la minoría se acogió a la mayoría; óigase bien, ganó la propuesta de Carmen quien salió airosa de viajar rumbo a Malagana antes que la de quedarnos en casa de Franklin. Fue así como calculando el tiempo partimos en silencio de la casa de Franklin, simulando  falsas excusas, a la vez pidiendo disculpas y diciendo sin que nadie no los preguntara, que nos íbamos producto de una invitación previa que nos habían hecho; concluyendo sin excepción que teníamos que partir rumbo a Malagana.


Tomamos el bus con mucha dificultad, pero siempre con la reserva positiva por todo lo anunciado para el disfrute que nos esperaba en casa de Leobardo. Éste le había comunicado a Carmen que al festejo de su graduación asistirían las autoridades civiles, militares y eclesiásticas, quienes además de colaborarle con el festín, le darían como premio su nombramiento como docente en el Municipio de Malagana. Mientras la noche peregrinaba, Carmen con voz entusiasmada manifestó, “muchachos, muchachas, ya llegamos”. Todos tomamos nuestros equipajes, nos echamos al hombro maletines, bolsos, paquetes; todos estábamos dispuestos a saborear el acontecimiento deseado.


A lo largo del poblado se alcanzaba a escuchar un porro, llamado María Varilla, Manuel dijo: "escuchen, esa es la papayera". Seguíamos  en el camino, eran pocas las calles con asfalto; luego cambió la música, sonaba a lo lejos una cumbia, mientras la expectativa crecía y comentábamos entre unos y otros, “la cosa es con cumbia y papayera". Ahora mientras transitábamos se escuchaba alegremente el sonado y bailado porro "Carmen de Bolívar". No sabíamos si era la efervescencia festiva y la sed de contagio por estar en el festejo. En el recorrido, preguntamos por Leobardo y la gente nos decía, “sí, el licenciado, cojan por aquí y a la vuelta vive él”. Mientras nos acercábamos, ya no se escuchaba el sonido de la papayera, todo se nos  alejaba; la atención ya  era otra; lo que sonaba era un pick-up, el cual le quitaba vitalidad a nuestro estado de ánimo. Ese fue el impacto grande que empezamos a recibir donde la verdad se iba convirtiendo en mentiras, lo positivo en negativo; en esa forma observamos que  nuestro proyecto espiritual de esparcimiento se desplomaba.


Al llegar al festín de Leobardo, sobre la calle estaban situadas las mesas con un pedazo de mantel acompañadas de pequeños bancos de madera, el trago que brindaban era de media de media de Tres esquinas y la animación musical era con un minicomponente, en que era preferible hacer silencio para poder escuchar la melodía y así poder bailar; las picadas eran producto del invento entre pan y mortadela que no llegaban a sándwich, creímos que ni parecido tenían, los servían en platicos de cartón acariciados con la arena novembrina que se asomaba. Avanzábamos y dentro de nuestra curiosidad descubrimos que contigua a nosotros estaba la cocina que aprovechamos visitar; ahí lo que se respiraba era un olor a ceniza,  con la certeza que nada había ocurrido antes,  ahora, ni después, menos en ese día.


Leobardo llegó y observó lo que sucedía, se acercó con efusividad y nos dijo: "yo sabía que ustedes no me iban a fallar”. Sonrió y exclamó, "bueno, qué es lo que quieren, siéntense". Parece ser que Leobardo no sabía que nosotros  lo habíamos percibido todo. El grupo de colegas en contados y acelerados minutos se percató y el rumor empezó a circular haciendo eco; de prisa se reunió con el propósito de anunciar la partida, cuando apenas teníamos media hora de haber llegado. Petra con cierta diplomacia salió a bailar para disipar lo ocurrido, llevaba su bolso en el hombro como señal de partida; los comentarios no dejaron de surgir  de un lado a otro, cuando por unanimidad decidimos irnos rumbo a Cartagena; algunos se despidieron, otros salieron cabizbajos como si se coincidiera con una pésima derrota deportiva, con la brújula puesta en la carretera. A esa hora no pasaba ningún vehículo, lo que dio tiempo en medio de la nostalgia que los colegas se adormitaran; ahí permanecimos dos horas y media fastidiados ante el fracaso festin del siglo.


Eran las 2:00 A.M,  cuando al fin partimos de Malagana. Al llegar fuimos compensados por Carmen, quien nos condujo a su barrio "El Castillo", donde vivía. Recuerdo que departíamos como si Cartagena fuera la  Malagana soñada; a esas horas entre la noche y el amanecer festejamos, nos saciamos en medio de risas y carcajadas sobre el infortunio festejo, donde el olor de carne y música solo quedaba en nuestras mentes. Me quedó en la retentiva el padre de Carmen, quien vivía contagiado de humor y que con cierta sorna dijo: "Y al  mono que le caía la grasa de la  carne y le corría por los bigotes". En medio de la reminiscencia y la añoranza el licor que tomábamos era de otra marca; para Carmen ya Leobardo no se debería llamar así, sino más bien alguien con el nombre parecido a uno de los personajes de Kafka en su Metamorfosis.
 
El ambiente estaba lleno de sueño y de risas, allí nos tocó amanecer, pero al llegar la mañana cercana a la tarde nos mataba la vergüenza de regresar donde Franklin; nos quedó el interrogante: “¿qué iba a decir al enterarse del festín del siglo? Octavio, ya reposado, comentó en medio de la memoria del viaje de mentiras: "Este pueblo tiene el nombre bien puesto, Malagana". Al final, la ceguera mental de Leobardo condujo a los graduandos a  pensar que éste se había graduado de licenciado con énfasis en Mitomanía.

HUGO CASTILLO MESINO

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